Domingo, 9 de diciembre de 2007

Un impuesto en decadencia

FERNANDO GONZÁLEZ URBANEJA

El impuesto sobre la renta fue el gran impuesto de los liberales del siglo XIX, incluso de un poco antes, el que permitió dar carpetazo al proteccionismo comercial para proporcionar rentas al Estado, como para suprimir los aranceles y los derechos impuestos al comercio exterior. Liberalizar el comercio era el objetivo de los liberales de finales del XVIII, para dar carpetazo al mercantilismo y abrir espacios a la libertad.

Los británicos entraron pronto por el impuesto sobre la renta, propio y típico de sociedades burguesas consolidadas. En España no hubo forma; la resistencia a ese impuesto fue cerril, tanto que como tal figura tributaria completa no entró en vigor hasta la llegada de la democracia actual. El impuesto anterior (el de las llamadas utilidades y posteriores), vigente durante el franquismo, era un mero sucedáneo. El franquismo supuso un canje Estado-burguesía, por el que aquel se quedaba con las libertades y esta con el dinero.

Con la democracia llegó un IRPF moderno y homologable, materializado con aquello de que «Hacienda somos todos». Un IRPF tardío, pero que ha funcionado razonablemente bien desde 1977 y que ha introducido conciencia fiscal en la sociedad española. Pero esta figura fiscal, fértil desde hace dos siglos, da signos crecientes de agotamiento en todo el mundo. Ya no es el impuesto más productivo por recaudación y tampoco por eficacia. Es un impuesto litigioso, con muchos agujeros. Además, su efecto «redistributivo» eso de que paguen más los que más obtienen (que forman parte de su propia naturaleza) se gestiona mejor a través del gasto del Estado protector.

Del IRPF actual se espera que recaude y que no arme líos. Proporciona en torno a una cuarta parte de los ingresos totales de todas las administraciones, pero sus ingresos fundamentales proceden del sistema de retenciones en origen que es lo más parecido al sistema de impuestos sobre productos y servicios, es decir IVA y especiales. El IRPF ha ido convirtiéndose cada día más en un impuesto mecánico y silente, que actúa antes de que las rentas lleguen al titular de las mismas. Un impuesto crecientemente inútil para hacer política económica contracíclica y poco eficaz para animar o desalentar inversiones o sectores. Por ejemplo, es muy dudoso que las desgravaciones a la compra de vivienda familiar, que es el único elemento incierto en las declaraciones de renta, cumpla el objetivo pretendido. Por eso, cabe poco margen de actuación para afinar el coste del IRPF. Las rentas declaradas de asalariados, autónomos y profesionales son conocidas por la Agencia Tributaria, también las rentas de capital. El espacio que queda a la buena voluntad o al riesgo del declarante es pequeño. Por eso, Hacienda puede hacer las declaraciones eximiendo al contribuyente de la menor intervención (solo asentir o disentir) en un impuesto que se dice personal, pero que se lleva el dinero antes de que llegue al bolsillo del titular.

En resumen, un impuesto antiguo que convendría ir pensando en sustituir por figuras menos intrusivas y más eficaces.