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Cualquier inversor o analista, con toda seguridad, siente correr por su espalda sudores fríos cuando escucha
la palabra burbuja. Se acaban de cumplir cinco años desde el pinchazo de la burbuja tecnológica en marzo de
2000 y todavía no se puede concluir que los restos de aquel naufragio bursátil se hayan borrado del todo. El
índice Nasdaq, por poner el ejemplo más significativo, necesitaría subir un 150% sobre los niveles actuales
para alcanzar los 5.048 puntos del máximo del 10 de marzo de 2000.
Mientras la comunidad económica e inversora se recupera de aquel desastre, los expertos comienzan a advertir
otras burbujas en el mercado a las que no conviene perder de vista. Burbuja es sinónimo de desequilibrio;
compensarlo suele requerir de una catarsis traumática plagada de carteras en pérdidas.
La burbuja que trae de cabeza de los economistas es la inmobiliaria, formada en los últimos años con unos
tipos de interés extraordinariamente bajos y unas Bolsas en pérdidas que han dirigido a los inversores hacia
el ladrillo. El fenómeno no es sólo español. En Estados Unidos, Canadá o el Reino Unido preocupa que el precio
de la vivienda se despeñe y que las subidas de tipos terminen por pasar factura a los hipotecados.
Pero hay más. Algunos analistas temen que se esté formando una burbuja en el mercado de renta fija y, más
concretamente, en los bonos de alto rendimiento y en los de países emergentes. El diferencial del rendimiento
de estos bonos frente a la deuda estadounidense se encuentra en mínimos y difícilmente puede caer más (lo
que sería sinónimo de apreciación de los activos). Es más probable, en cambio, que suban a medida que lo hagan
los tipos, con el consiguiente riesgo de pérdidas para los inversores.
¿Y la tercera burbuja? Algunos ya avisan del desmesurado crecimiento del mercado de fondos de alto riesgo (hedge
funds), que ha pasado de 40.000 millones de dólares hace 15 años a un billón en la actualidad. Todos ellos
son por ahora activos de moda. ¿Hasta cuándo? .
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