Con la imputación por la Fiscalía Anticorrupción del secretario de Estado de Hacienda, que puede llevar a su procesamiento y condena o a nada, la Agencia Tributaria parece ya la bandera de Nápoles por la cantidad de agujeros que tiene y porque es tierra de nadie para paso de hordas que desde ella toman represalias políticas, arman chantajes o trasladan el dinero al otro lado de la galaxia.
Un buque con el casco podrido como el BBVA puede calafatearse, pero la ya de por sí antipática tarea de recaudar tributos se empieza a resentir de tantos escándalos, aunque bien es cierto que nuestra mansedumbre es tanta que somos el único país del mundo que ha elegido presidente con mayoría absoluta a un inspector fiscal, subespecie laboral que en otras democracias suele ocultar aquello a lo que se dedica. Patética la ronda de comparecencias radiales del señor Estanislao Rodríguez Ponga, a quien no tengo el gusto de conocer ni sospechar, diciendo que él no ha sido y que en el banco no era más que un empleado irrelevante y hasta un cagatintas, si le apuran, al que preguntaban al desgaire sobre asuntos fiscales.
Mi querido amigo: es que si en una cena de esos 33 sospechosos encabezada por Emilio Ybarra se produjera un envenenamiento y usted fuera químico, todas las miradas se posarían en su silla y le mirarían los zapatos por ver si ha cruzado el jardín mojado para recoger algo de su coche. Esto son los Treinta y tres negritos aunque resulte políticamente incorrecto, y usted es uno de ellos, sólo que no sabemos aún si será cadáver.
No delinque el armero redactando un manual sobre el uso de una pistola ni un fiscalista escrutando las grietas del sistema tributario. Ponga nos da una imagen idílica de la asesoría fiscal como mera transmisora de la Ley. No. A los asesores fiscales se les paga para tributar lo menos posible y, en la empresa en que exista tal necesidad, construir cuentas opacas o blanquear el dinero. Por no hablar de los inspectores fiscales amigos de José Borrell que, simplemente, subastaban su inspección en Cataluña.
Después de Giménez Reyna, por el que puso las manos en el fuego, cabe preguntarle al cordial y eficaz Montoro, ministro de Hacienda: ¿Pero es que usted no tiene otros amigos o correligionarios para presidir la Agencia Tributaria con categoría de viceministro más que gentes de la casa que antes han estado trabajando para la empresa privada? ¿Es que no hay un solo funcionario de Hacienda que lleve a sus espaldas una sólida vocación de servicio al Estado de al menos 20 años?
Porque este Ponga ha pasado en menos de cinco años de chupatintas en el banco al consejillo de los jueves en La Moncloa. Entiéndanlo: Hacienda no puede ofrecer la imagen de perseguir sañuda al menestral y babear ante los 33 poderosos de este cuento. Así que políticamente Ponga ya es un negrito muerto.
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