Las investigaciones de la juez Palacios sobre Gescartera (una
empresa financiera de la que se han evaporado al menos 18.000 mil
millones de sus clientes) y las declaraciones ante la comisión
parlamentaria de varios consejeros y técnicos de la Comisión
Nacional del Mercado de Valores (CNMV) han desmontando la burda
campaña desinformadora lanzada por los medios de comunicación
próximos al Gobierno durante el pasado verano con el objetivo de
trasmutar mágicamente un escándalo político-financiero en una simple
estafa. El comprometedor dietario de Pilar Giménez-Reyna -presidenta
de Gescartera- contiene pruebas fehacientes de las complicidades con
que contaban los directivos de la compañía dentro de la CNMV,
teóricamente encargada de controlarles. Los testimonios de Juan
Fernández-Armesto, presidente de la CNMV desde 1996 hasta 2000, y de
David Vives, director general de supervisión de la agencia estatal
hasta que la sistemática obstaculización (interior y exterior) a su
labor inspectora le forzó a tirar la toalla, aclararon las razones
de que Gescartera no fuese intervenida el 16 de abril de 1999 y
desmintieron la seráfica versión exculpatoria de Pilar Valiente,
consejera entonces de la entidad y su presidenta desde octubre de
2000 hasta su dimisión. La circunstancia de que la grafómana
presidenta de Gescartera -enviada a prisión junto al
consejero-delegado de la empresa, Antonio Camacho- sea hermana de
Enrique Giménez-Reyna, secretario de Estado de Hacienda recién
cesado, refuerza las sospechas razonables disponibles sobre la
existencia de eventuales responsabilidades políticas en este
asunto.
La campaña intoxicadora para exculpar al Gobierno cavó como
primera trinchera defensiva el memorial de los escándalos
político-financieros de la etapa socialista: el PP tal vez crea que
los pecados de corrupción de sus militantes quedan absueltos por
comportamientos semejantes de sus predecesores en el poder. Los
ministros que amenazan con destapar el listado de militantes
socialistas estafados por Gescartera si el PSOE sigue hurgando en la
herida parecen estar proponiendo a la oposición el chantaje de que
tape el caso Gescartera a cambio de su simétrico
silencio: como diría Di Stefano, entre bomberos no se pisan la
manguera. Pero son los ciudadanos, no los políticos, quienes tienen
derecho a exigir cuentas a los administradores de sus impuestos,
sean cual sean las siglas y la ideología del partido que controle el
Estado.
El Gobierno aduce como prueba concluyente de su inocencia que la
comisión de investigación sobre Gescartera fuese creada pese
a que el PP dispone de mayoría absoluta parlamentaria, en contraste
con las resistencias del PSOE a ese tipo de iniciativas cuando
estaba en el poder. Al igual que sucede con la doctrina de la
responsabilidad política, los populares se hallan atrapados en este
asunto por las hemerotecas: su programa de 1996 se comprometía a que
la aprobación de esas comisiones no dependiera de 'la voluntad
exclusiva de la mayoría gubernamental'. El intento de encerrar el
caso Gescartera en el cuarto oscuro de una mera subcomisión
fue pronto abandonado: el renuncio hubiese resultado demasiado
escandaloso.
Las investigaciones sumariales y los trabajos de la comisión del
Congreso sobre el caso Gescartera están obligando al PP a
modificar su estrategia. Los esfuerzos se dirigen ahora a borrar los
visibles rastros que llevan -primero- de Gescartera a la CNMV y
-después- desde la agencia estatal hasta el Gobierno. Sin embargo,
las trabajosas maniobras para poner en duda la autenticidad del
candoroso dietario de Pilar Giménez-Reyna (que cita hasta doce veces
a Pilar Valiente) y las tentativas de tachar de falsarios a
Fernández-Armesto y a Vives (cuyos testimonios resultaron
convincentes para cualquier observador imparcial) tienen poco
recorrido. A los tribunales corresponderá verificar la autoría del
dietario y sancionar a los comparecientes que hayan mentido al
Congreso; entre tanto, a los ciudadanos les basta con el sentido
común para no comulgar con las ruedas de molino talladas por Pilar
Valiente, Luis Ramallo o el ecónomo del Arzobispado de
Valladolid.