La dimisión del secretario de Estado de Hacienda, Enrique
Giménez-Reyna, viene a restituir un punto de ejemplaridad en la vida
política española en lo que se refiere al deber de todo alto cargo a
asumir sus responsabilidades aunque no estén en entredicho sus
intereses personales. Supone también un contrapunto a la conducta de
otros compañeros de Gobierno, en ésta y en la anterior legislatura,
que han hecho demostración de que su resistencia personal a
abandonar el poder está por encima de las garantías y de la
confianza que merecen los administrados. El caso del ministro Piqué
acaso sea el más claro y controvetido, pero no es el único ejemplo.
El secretario de Estado de Hacienda goza de amplio reconocimiento
sobre su capacidad y competencia profesional. Tiene también en su
bagaje un papel destacado en la reforma fiscal de 1998 y en el nuevo
plan de reajustes tributarios que prepara el Gobierno. Giménez-Reyna
es, además, una pieza clave en la negociación sobre financiación
autonómica y en el diseño de los próximos Presupuestos, de ahí que
el ministro de Hacienda, Cristóbal Montoro, después de intentar en
vano durante la tarde noche del pasado viernes que reconsiderase su
decisión, lograra convencerle de que continuase unos días en el
cargo para intentar rematar esas dos tareas.
Nadie es culpable, ni siquiera un cargo político, si algún
familiar suyo comete irregularidades. Por eso, a Giménez-Reyna no
cabe achacarle que su hermana, presidenta de Gescartera, esté
imputada por el paradero desconocido de más de 13.000 millones de
pesetas de cientos de inversores privados. En lo que el secretario
de Estado de Hacienda sí cometio imprudencia es en confiar parte de
sus ahorros a esa agencia de inversión que, según todos los
indicios, cometía a la vez fraude fiscal. Esa desgraciada
circunstancia deja en un insoportable mal lugar al responsable de
vigilar que el dinero pague los debidos impuestos.
Tampoco ayuda a alimentar la confianza de los contribuyentes el
hecho de que el secretario de Estado de Hacienda fuera consejero de
una agencia de inversión, Sefisur, que fue sancionada hace seis años
por falta muy grave. Esta noticia, adelantada por este periódico,
actuó de desencadenante de la dimisión.
El partido socialista ha reclamado la comparecencia de los
ministros Rato y Montoro para que expliquen las responsabilidades de
la Administración en esta falta de control sobre el dinero de los
inversores. También la CNMV tiene que explicar por qué dio a
Gescartera la autorización para ampliar su capacidad de actuación e
inversión el pasado mes de febrero cuando tres años antes había
detectado un agujero de 1.000 millones aún inexplicado. Y por qué el
Gobierno aprobó, por fin, el pasado viernes la creación urgente de
un fondo de garantía para los inversores cuando el compromiso había
sido asumido hace ya dos años a raíz de otro escándalo financiero.
Publicado en página 14