ECONOMIA
Lunes, 3 de mayo de 1999
EL MUNDO periodico

El ex inspector jefe de Vigo cobró 32,7 millones de pesetas dando clases particulares

Hacienda recuerda a sus funcionarios que deben ayudar a la «moralización de la vida pública»


CARLOS SANCHEZ

MADRID.- La Agencia Tributaria estrecha el cerco sobre los funcionarios de Hacienda que incumplen la Ley de Incompatibilidades.

Recientemente, ha enviado una circular a sus delegaciones en la que se recuerda a todo el personal (ya sea funcionario o laboral) el estricto régimen de incompatibilidades que rige para ellos. Y, en concreto, se les reitera la obligación legal que tienen de contribuir a la «moralización de la vida pública», dando muestras de «ejemplaridad ante los ciudadanos».

La nota informativa de carácter interno se distribuyó en abril y coincide en el tiempo con la afloración a la opinión pública de determinados casos de presunto enriquecimiento ilícito por parte de algunos antiguos altos cargos de Hacienda, como son José María Huguet, Ernesto de Aguiar, Alvaro Pernas y José Ramón Morató, todos ellos de la delegación de Barcelona,

Igualmente, en Vigo continúa abierta la investigación judicial sobre el patrimonio de José Antonio Gil del Campo, destituido el pasado 12 de febrero como inspector jefe de Hacienda.

Pues bien, Gil del Campo, según la documentación que obra en poder de EL MUNDO, ha percibido en los últimos cinco años 25,8 millones de pesetas en concepto de clases impartidas en la Escuela de Negocios de Caixavigo, según aparece en el escrito remitido por la propia entidad a los tribunales.

Gil del Campo, además, ha obtenido unos ingresos adicionales de 6.949.481 pesetas por los cursos impartidos en la Universidad de Vigo entre 1993 y 1998, y una cantidad no desvelada por su participación en seminarios del Instituto de Estudios Fiscales, un organismo de carácter público.

En total, al menos, ha percibido unos ingresos extras de 32.749.481 pesetas, dinero que debe agregarse a un sueldo bruto anual de «entre 10 y 11 millones», según declaró ante el juzgado el pasado 1 de marzo. Gil del Campo, a tenor de la nota remitida por Caixavigo, cobró nada menos que 33.415 pesetas por cada hora lectiva, lo que le convierte, sin duda, en uno de los profesores mejor pagados de la Unión Europea.

Su caso no es, desde luego, el único. Un simple vistazo al cuadro de profesores de cualquier centro universitario o de formación de especialistas tributarios dibuja un retrato del poder fiscal en España.

Subdirectores generales, encargados de la inspección, inspectores de a pie y hasta los responsables de redactar las leyes -que luego aprueba el Parlamento- son habituales en los cursos que organizan centros como la Universidad Pontificia de Comillas, el Centro de Estudios Financieros o la Universidad San Pablo-CEU. Este último caso, por poner un ejemplo, representa muy bien lo que está pasando. El director y coordinador del Master de Asesoría Fiscal (MAF) del CEU es Fernando Peña, un conocido asesor fiscal madrileño que fue presidente del Registro de Economistas Asesores Fiscales.

Pues bien, en el MAF del CEU dan clase el subdirector general de inspección territorial, el coordinador de la Unidad de Fiscalidad Internacional, la jefa de área provincial de inspección, varios subdirectores generales más, algunos inspectores de la Oficina Nacional de Inspección (la unidad encargada de vigilar las grandes empresas) y hasta un vocal adjunto del gabinete técnico de Juan Costa, el secretario de Estado de Hacienda.

El nombre de todos estos funcionarios aparece en los programas y folletos de la institución, y debajo de su identidad se precisa su cargo en la Administración, lo que choca con el artículo 15 de la Ley de Incompatibilidades de 1984, que establece que «el personal a que se refiere esta ley (todos los empleados públicos) no podrá invocar o hacer uso de su condición pública para el ejercicio de actividad mercantil, industrial o profesional».

Esta ley es la que limita el número de horas lectivas a un máximo de 75 horas anuales, lo que representa algo más de ocho horas mensuales (o dos a la semana) durante todo el curso académico.

La ley, además, (artículo primero) deja bien claro que el desempeño de un puesto de trabajo dentro de la Administración «será incompatible con el ejercicio de cualquier cargo, profesión o actividad, público o privado, que pueda impedir o menoscabar el estricto cumplimiento de sus deberes o comprometer su imparcialidad o independencia». Algo nada fácil de salvaguardar cuando el jefe del curso es, precisamente, quien contrata, lo cual se complica todavía más en caso de litigio entre la Hacienda Pública y un contribuyente que esté asesorado, precisamente, por el encargado de reclutar expertos tributarios.

Fuentes que conocen bien su funcionamiento estiman que por asistir a seminarios de día y medio en Madrid o Barcelona los emolumentos brutos pueden ascender a unas 200.000 pesetas.

La pertenencia a los consejos de redacción de las revistas técnicas es otra fuente habitual de ingresos, lo cual no es, desde luego, incompatible con el desempeño de una labor profesional. El problema nace en el mismo momento en que hay que dedicar muchas horas a esas actividades, en detrimento de las oficiales.

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